En busca de la naranja entera: deconstruyendo el amor romántico*

CoyunturaNoticias
naranja entera

Octavio Salazar

Buena parte de lo que ha trascendido de las respuestas que la duquesa de Palma dio al largo interrogatorio al que fue sometida es el ejemplo más clarividente de cómo se perpetúa el mito del amor romántico. Ese que cada 14 de febrero, además, los grandes almacenes se empeñan en recordarnos, aunque en realidad no haga falta esperar a San Valentín. El orden cultural dominante, que todavía sigue obedeciendo en gran medida a los dictados del patriarcado, reproduce constantemente, en alianza todopoderosa con el mercado, las pautas de una concepción de la afectividad y la sexualidad ligadas a la diferenciación jerárquica entre hombres y mujeres.

Baste con analizar como la publicidad, pero también la mayoría de las películas que arrasan en taquilla, de las canciones que más se escuchan en las radios fórmulas o de los culebrones que logran millonarias audiencias, para constatar como prevalece una concepción del amor que para las mujeres acaba suponiendo la negación de su autonomía, la ceguera más justificada, la entrega sin condiciones al héroe que las salva o que suple su minoría de edad.

De esta manera, y como ha sido a lo largo de los siglos, el amor continúa siendo, como bien lo calificara Marina Subirats, “el opio de las mujeres” (Marina Subirats y Manuel Castells, Mujeres y hombres, ¿un amor imposible? Alianza, Madrid, 2007). Esa razón que la razón no entiende –mucho más en el caso de las que a lo largo de la historia se ha cuestionado su igual racionalidad– y que justifica confianzas ciegas, renuncias injustificables y, en el peor de los casos, hasta el sufrimiento que supone ser víctima de la crueldad del amado.

El “contrato sexual” que en buena medida todavía hoy sigue condicionando el “pacto social” ha prorrogado los binarios patriarcales en los que habitan las raíces de las desigualdades de género. Junto a los dos básicos –los que contraponen público/privado y razón/emoción- , el que sigue distinguiendo entre el hombre sujeto y la mujer objeto, entre el héroe y la princesa, entre el hombre socializado en las narrativas de la conquista y la mujer domesticada en la hipérbole de las emociones. Entre ellos, el todopoderoso amor, el que articula dos mitades complementarias en unas estructuras jurídicas y políticas que, por tanto, han obedecido siempre a la lógica heteronormativa.

El hombre y la mujer como seres condenados a entenderse, el matrimonio como contrato legitimador de la procreación, la división sexual del trabajo en nombre de los intereses familiares. De ahí los obstáculos que en los sectores más conservadores y patriarcales sigue encontrando el matrimonio entre personas del mismo sexo o los modelos familiares alternativos al tradicional. Porque es el sustrato social y cultural del patriarcado, y por tanto el eje esencial del poder, el que se resiste a ser erosionado.

Debería ser alarmante, al menos para todas y para todos los que creemos en la igual dignidad y autonomía de los individuos con independencia de su sexo, como en las sociedades avanzadas del siglo XXI perviven los rasgos del amor romántico y muy especialmente como continúan muy arraigados entre los más jóvenes. Algo que han demostrado varias investigaciones realizadas en los últimos años, entre las que destaca la que en 2011 publicó el Instituto Andaluz de la Mujer sobre Sexismo y Violencia de Género. En dicho informe se demostraba como entre los chicos y las chicas más jóvenes pervivían los mitos del amor romántico, es decir, creencias como que “el amor todo lo puede”, que estamos de alguna manera predestinados a encontrar un “amor verdadero”, que “el amor es lo más importante y requiere entrega total” y que, por supuesto, exige posesión y exclusividad.

Unas creencias que especialmente perviven en muchas chicas jóvenes que parecen entender que enamorarse implica perder la autonomía y la capacidad de autodeterminación. Negarse a sí mismas para ser del que ama, quien por supuesto hará todo lo posible por mantener a la mujer-objeto sometida a las riendas de su autoridad. De ahí la justificación de los celos y de todo tipo de control, los cuales además se han intensificado en los últimos años a través del uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales.

Difícilmente lograremos unas relaciones afectivas y sexuales plenamente igualitarias mientras que no desterremos una concepción del amor que acaba siendo una estrategia de control social que mantiene a las mujeres en una posición subalterna. La que seguimos viendo reproducida en la saga de Crepúsculo, en las novelas de Federico Moccia y, por qué no, en las declaraciones de una infanta que parece haber sufrido una especie de renuncia a su capacidad de discernimiento en nombre del amor.

Tal vez esa sería la gran revolución pendiente que, en nombre de la igualdad, deberíamos empezar a celebrar en este San Valentín. Mujeres y también hombres comprometidos con otra manera de entender nuestras relaciones afectivas y sexuales. Una revolución que nos lleve finalmente a proclamar que en nombre de nada ni de nadie ni ellas ni nosotros debemos renunciar a ser naranjas enteras. Y que la aventura no es buscar la media que hipotéticamente nos hace falta si no otra entera con la que compartir jugos, libertades y proyectos. Sustituida la venda del amor absoluto por la alegría de mirarnos a los ojos sabiendo que nunca quien bien nos quiere nos hará llorar.

Foto: fmdos.cl

*Publicado en elpais.com [febrero 13, 2014]

Consulta también: