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Existen en el mercado diversas aplicaciones orientadas a la protección de las personas cuando enfrentan situaciones de riesgo. Es importante reconocer la utilidad de dichas soluciones tecnológicas frente a problemas tan complejos y extendidos como la violencia de género, pues para las mujeres -principales víctimas de este tipo de violencia- la seguridad no puede alcanzarse a costa del derecho a la privacidad.

Marianne Díaz

Existen en el mercado diversas aplicaciones orientadas a la protección de las personas cuando enfrentan situaciones de riesgo. Es importante reconocer la utilidad de dichas soluciones tecnológicas frente a problemas tan complejos y extendidos como la violencia de género, pues para las mujeres -principales víctimas de este tipo de violencia- la seguridad no puede alcanzarse a costa del derecho a la privacidad.

La violencia contra las mujeres está clasificada como un problema global de salud pública: 35% de las mujeres en todo el mundo han experimentado violencia física o sexual a lo largo de su vida, según cifras de la Organización Mundial de la Salud. La ubicuidad de la tecnología con frecuencia hace aparecer intentos de solucionar problemas humanos y sociales a través de implementaciones de software, y es así como en años recientes se han desarrollado aplicaciones en diversas partes del mundo con miras a resolver este problema, a través de diferentes aproximaciones. Algunas intentan educar a las mujeres sobre las señales tempranas del abuso doméstico, otras ofrecen mecanismos para alertar a ciertos contactos en caso de emergencia. Pero ¿pueden ofrecer estas aplicaciones una solución real a un problema tan complejo? ¿Cuáles son las implicaciones de entregar nuestra información personal en este tipo de aplicaciones?

El mismo principio se repite a través de diferentes aproximaciones tecnológicas: aplicaciones como Circle of 6 o EasyRescue permiten a la persona en riesgo enviar una alerta con su ubicación a un contacto de confianza.  En Chile hace poco se desarrolló la aplicación Caperuza, que accede a la información de contactos de Facebook de la usuaria así como a sus datos de GPS y le permite elegir a uno o varios contactos que pueden acceder a su información de ubicación. Además, la mitad de las aplicaciones existentes en el mercado y orientadas a mitigar la violencia de género ofrecen algún tipo de “botón de pánico”, mientras que “Contactos de Confianza”, aplicación nativa de Google, lleva a cabo una función similar al permitir a una persona solicitar la ubicación del GPS del dispositivo de otra, que previamente le ha designado como su contacto de confianza.

Sin embargo, la utilización de este tipo de aplicaciones plantea una serie de preocupaciones respecto a la privacidad de la usuaria. Iniciar sesión en una aplicación de este tipo a través de Facebook permite a esta red social acceder a nuestra ubicación; en el caso de “Contactos de Confianza”, la aplicación requiere acceso constante al GPS del dispositivo; esto sin contar con que los teléfonos móviles son los dispositivos más inseguros y los que poseen mayor información sobre nuestras actividades. Y no se trata solo de que una empresa tenga acceso a los datos de sus usuarios; monitorizar la actividad del teléfono o la computadora de una víctima es una práctica común por parte de personas abusivas, y dependiendo de la situación, muchas de estas aplicaciones podrían facilitar, en vez de dificultar, la vigilancia de la víctima por parte de su abusador. Según el grado de capacidad técnica del agresor, la cantidad de información a la que sea capaz de acceder a través del dispositivo de la víctima o de sus redes sociales puede incluso comprometer a sus contactos de confianza.

Dependiendo del contexto, una aplicación puede resultar útil o agravar un riesgo. Si quien agrede forma parte del entorno cercano a la víctima, y por ende está en capacidad de revisar sus dispositivos, podría encontrar la aplicación y reconocerla. Por esta razón, muchas de ellas utilizan un icono que disimule su verdadera función u ofrecen protección bajo contraseña, aunque en ciertas ocasiones una aplicación protegida con contraseña puede llamar más la atención del agresor y aumentar así el riesgo. Por otra parte, el agresor podría ser un desconocido, y en este caso la posibilidad de indicar con rapidez a un contacto de confianza la ubicación específica de la víctima resulta más valioso.

Por eso es tan importante comprender el modelo de amenazas que cada persona enfrenta, antes de elegir una pieza de software que ofrezca mayor seguridad. Una aplicación que requiera acceso físico al teléfono para enviar una alerta puede no resultar útil si el modelo de amenazas considera la posibilidad de que el agresor restrinja el acceso de la víctima al dispositivo.

Lo que es más grave, un estudio del Centro de Investigación sobre Violencia y Abuso (CRiVA) que examinó el uso de estas aplicaciones, llegó a la conclusión de que su eficacia no está clara y, en muchos casos, un SMS podía producir el mismo efecto. Según la investigación, este tipo de aplicaciones podrían incrementar la tendencia a culpar a las víctimas y así contribuir a la mercantilización de la seguridad de las mujeres. Al generar una expectativa de que las mujeres inviertan tiempo y energía en su propia seguridad, la atención sobre la responsabilidad de la violencia de género se transmite a la víctima.

Estas consideraciones nos llevan de vuelta a uno de los grandes problemas que plantea el uso de tecnología para la solución de problemas sociales complejos. Intentar resolver problemas a través de una aplicación con frecuencia no es más que aplicar compresas tibias a una enfermedad grave: sí, debemos ofrecer a las mujeres (y en general, a las víctimas de violencia) herramientas para protegerse de situaciones de riesgo, pero no debemos permitir que esto oculte el origen estructural, social y cultural de la violencia de género, cuya solución requiere de la implementación transversal de políticas públicas adecuadas. Mientras las raíces profundas del problema no sean resueltas, fomentar el uso de aplicaciones para minimizar las consecuencias de la violencia de género podría estar contribuyendo a perpetuar la peligrosa creencia de que la seguridad de las mujeres es su propia responsabilidad.

*Publicado en derechosdigitales.org [enero 12, 2017]

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