Ganar la calle: Performances contra los feminicidios en el Estado de México*

CoyunturaNoticias

Emilio Gordillo

En medio de días electorales, el “Taller Mujeres, Arte y Política” junto a la “Red de Denuncia Feminicidios Estado de México” realizaron el acto callejero Rostros desdibujados sobre aires de esperanza. Tomaron las afueras del bar Baby Rock donde un mes antes, cuatro mujeres fueron asesinadas. Con este performance buscan reconstruir la memoria de las mujeres ejecutadas e invisibilizadas por la sociedad y las autoridades. Aquí, una crónica de lo sucedido.

MATAR POR UNA SELFIE

Cuando uno googlea “Colonia Las Águilas” en internet, predomina la información sobre asesinatos, desapariciones, feminicidios, secuestros, inundaciones, carteles de droga, suicidios y especulación inmobiliaria en una data que se remonta, al menos, hasta principios del siglo XXI. No está lejos de la Ciudad de México (CdMx), aunque a varios sorprendió que existiera una línea que llegara hasta La Paz pues imaginábamos que en Pantitlán acababa la urbanización del Metro, allá por el oriente de la ciudad.

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Tras casi una hora en metro llegamos hasta la estación Acatitla, en Ciudad Nezahualcóyotl, eran las nueve de la mañana del sábado veintiocho de abril y parte del “Taller Mujeres, Arte y Política” junto la “Red de Denuncia Feminicidios Estado de México” realizaría un performance frente al Baby Rock, un bar que la prensa ya se ha olvidado y donde, hace poco más de un mes, cuatro mujeres fueron asesinadas tras negarse a acceder a una selfie con los hombres que habrían de rematarlas a balazos ante su respuesta negativa. El performance se llama “Rostros desdibujados sobre aires de esperanza” y busca reconstruir la memoria de las mujeres ejecutadas e invisibilizadas por una sociedad sumergida en la peor crisis de feminicidios que se registre en la historia de México.

No importa hacia dónde uno observe, desde los torniquetes del Metro Acatitla toda la panorámica la ocupa Ciudad Nezahualcóyotl, que junto a otras periferias como Ecatepec, suman gran parte de los votantes de un Estado de México que por estos días se jugaba la posibilidad de corregir, en un hito histórico, algunos vicios con que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha gobernado por casi un siglo. Bajo estos gobiernos se adjudicaron los nombres que denominan diversas zonas de Ciudad Neza y que a veces parecen un mal chiste. Nombres como La Paz, Avenida John F. Kennedy o Sentimientos de la Nación. Precisamente por aquí, por la salida norte fue que nos internamos en la colonia Las Águilas. Durante todo el trayecto desde el Metro hasta la plaza se ve a gente trotando por la orilla de una suerte de embalse, cuyo profundo e inevitable olor a podrido desentona con los runners.

Pero la plaza de Las Águilas recuerda a los innumerables pueblitos amables y perdidos de México. Hay tricitaxis y perros callejeros, una iglesia y muchos negocios. Solo falta el kiosquito y la postal se completa. La iglesia, sus colores alegres, celestes y lilas, y una gigantografía con la Virgen de Juquila de Oaxaca. Es sábado en la mañana y las mamás pasean a sus niños que comen helados. Mientras las mujeres se preparan para el performance en el patio de la iglesia, me sorprendo a mí mismo intentando imaginar en qué lugar de esto que me parece un pueblito está el bar donde asesinaron a las chicas. A veces pienso que enfrente, junto a un lavado de coches donde suena a todo volumen el “Yo no fui” en la voz de Pedro Infante.

Resulta muy difícil imaginar que ahí, cruzando la calle, hayan baleado a cuatro mujeres hace tan pocos días. Todo parece tan normal.

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LA PREPARACIÓN Y LOS MURMULLOS

La policía se acerca a conversar mientras a mi espalda, las mujeres se maquillan y visten para la intervención. Cantan en un murmullo coral, lo hacen con un tono que me recuerda los cánticos de las mujeres yaqui en Semana Santa, en Torim, allá en el norte, en Sonora: un coro gutural, cerrado, con un dejo a letanía cristiana, a plegaria mestiza, a fe profunda. Manuel Amador, que coordina los talleres y se mueve de un lado a otro sin descanso, le responde al poli que lo apura: “¡cinco minutos!”. El poli le recuerda que el resguardo dura lo que dura y nada más.

Una vez envueltas en ropajes fantasmales, las mujeres alzan las máscaras blancas y se las calzan en el rostro. Alguna vez oí que cuando H.R. Giger diseñó a Alien, prefirió ocultarle los ojos para generar más terror en los espectadores. Pocas cosas aterran tanto como un rostro sin mirada. Las máscaras diseñadas por las mujeres del taller tienen algo de eso. Las cuencas vacías de sus ojos parecen observar a todos y a nadie a la vez. Y así nos interpelan.

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“Estamos aquí para reconstruir el rostro…”, murmuran, como si entraran en un trance y quisieran dejarse poseer, durante algunos minutos, por el alma de las muertas. Así, con sus coronas de flores y gestos idos, una fila de espectros se abre paso rodeada de los observadores de Derechos Humanos del colectivo Marabunta. La intervención se ha iniciado en la esquina de John F. Keneddy y Avenida 6, en la colonia Las Águilas, afuera del bar donde permanecen las cintas amarillas que la policía dejó y nos separan de un papel donde se lee la información sobre el caso:

NEZ/NER/NZ23/062…

HOMICIDIO

19/ABRIL/ 2017-05-31

SEGUNDO TURNO NEZA LA PERLA

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 INVOCACIÓN DE LAS ASESINADAS

Los fantasmas de las mujeres han llegado hasta el lugar que a casi nadie le importa. Dejan una ofrenda en el frontis clausurado del bar y se dispersan en círculos. Ganan la calle, interrumpen el tráfico y una ola de claxons no se deja esperar, los machos se asoman por las ventanas de sus coches y reclaman, pero la poli los desvía. Los fantasmas de las muertas han logrado lo más difícil, el primer paso: ganar la calle.

Si hay algo impresionante de un performance social como ésta, es que altera el tiempo y el espacio y esa sensación es muy difícil de escribir aquí. Oír al espectro de una muerta gritar con desgarro un “¡Mi rostro!, ¿Dónde está mi rostro?”, es una invasión a los sentidos o al pecho o al aliento; los músculos se tensan y las personas comienzan a mirarse como si por primera vez se encontraran frente a frente con otro ser humano. Es como si la intervención de ese fantasma nos recordara que todos estamos conectados y somos, en cierta medida, responsables y dependientes de quienes nos rodean. Ganar la calle es esto, generar por algunos minutos el espacio para que la vecina golpeada por su marido reconozca a la vecina abusada de enfrente y comprendan que no están solas, que se tienen entre sí. Ganar al calle es construir las condiciones espaciales para el encuentro posible. Y no es poco. Tal vez algo de esto le sucedió a los ancianos que se asomaron por las ventanas del segundo piso del Baby Rock, o a las pocas mujeres que se atrevieron a permanecer de pie observando a los espectros que rondaban el bar y gritaban sus nombres, sus muertes a veces absurdas, siempre grotescas, siempre violentas e innecesarias. Muchas se acercaron, asintieron con la cabeza y siguieron su rumbo, varios hombres se pusieron tensos y los que chambeaban lavando coches a un costado jamás le bajaron a Pedro Infante y sus canciones de amor macho. Arriba, en un balcón frente al Baby Rock, dos niñas de nueve o diez años resguardadas por un bulldog absorbían el performance punto por punto, con los ojos muy abiertos. Vieron a los fantasmas de las muertas gritar sus historias de abuso y abajo unas ancianas se agruparon como una órbita precaria para permanecer y asentir a cada reclamo y petición de justicia de las muertas. Sobre el bar, hombres con cara de pocos amigos observaban desde la azotea y filmaban a todos los asistentes y espectadores con gestos amenazantes. Si las muertas provocan estas tensiones es porque algo sucede. Algo se empieza a mover, incluso en el barrio tan bravo como este. No hay silencio que pueda ser impuesto siempre, en todo momento. El ojo que todo lo ve no puede con ciertos puntos muertos, como el de este performance o el encuentro posible de dos mujeres que, en silencio, lidian con el abuso en soledad. Pocos se asoman a las ventanas. La gente que pasa está encurioseada pero distante. Nos ven, luego observan a los fantasmas que ahora sollozan y se expanden convirtiendo el lugar de la intervención en el sitio de una plegaria. Saben perfectamente por qué estamos aquí y de pronto, sus miradas se relajan y siguen su camino. No hay preguntas. No hay contacto. Solo gesticulaciones, recato, un poco de miedo. Desearía saber qué sienten. Una mujer carga un bebé, asiente con la cabeza, su mirada se pierde en un punto incomprensible entre el acto y su propia experiencia, se mueve como si se sacudiera un hechizo y se va. Pedro Infante sigue cantando en el lavado de coches. Su voz es un lienzo difícil de romper. Tres mujeres se detienen en la acera de enfrente y observan. Su rostro se desfigura. Intentan poner más atención a los fantasmas que a la música. Fuerzan la vista, como si eso las fuera a ayudar a oír mejor. Se suma una anciana. Todas se van moviendo de a poco, dibujan una órbita y es como si los movimientos fantasmales y ondulatorios de las mujeres nos contagiaran a todos, que vamos rotando alrededor de ellas.

Uno de los pocos hombres que observan se dedica a filmar, como si la cámara fuera una amenaza directa. A pesar de ello, siguen acercándose mujeres. No son muchas pero dan sentido a la intervención. Miran con pesar. En la calle, los fantasmas de las muertas siguen preguntando por qué les han arrebatado su rostro y evitan normalizar, por algunos minutos, la plaga que es el asesinato de mujeres en el Estado de México. Aparece una mujer en moto con su hija tomándola por la cintura. Se detiene. Observa. Asiente y se va. ¿Cómo describir los gestos de las mujeres que se ven interpeladas por el performance? Es como si algo sobreviniera sin aviso. Parecen extrañadas, pero también asqueadas y tristes. Algunas se toman el mentón, otras apuntan con el dedo explicándole a otra algo que no alcanzo a oír. Bajo todo el ruido del lavado de coches y el miedo de los habitantes de la colonia, el rumor empieza a circular entre los vecinos. No sé qué dice aquel rumor –pienso– pero no puede ser malo.

Arriba en el balcón, frente al Baby Rock, las niña de nueve o diez años siguen observando a los espectros.

“¡Quiero seguridad!”, gritan ellas, las muertas.

“¡La próxima puedes ser tú!”, grita otro espectro y una señora asiente con la cabeza.

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NO ME ESTÁS ENTENDIENDO, WEY 

Un policía se acerca a Manuel Amador y le pregunta si acaso sabe con quiénes andaban las muchachas del bar el día que las mataron.

Amador responde con seguridad que conoce la información de los periódicos.

El poli repite la pregunta con un tono levemente distinto, como si dijera otra cosa:

– ¿Sabes con quiénes andaban las muchachas?

Y Amador, que conoce bien estos lenguajes repite otra vez: “conozco la información que dieron los periódicos”.

Para que no queden dudas, el poli insiste:

– No me estás entendiendo, wey, ¿acaso sabes con quiénes andaban las muchachas que mataron acá?

Amador le responde que ahora, gracias a él, se acaba de enterar y el policía retrocede, se mete al coche y se va.

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LA OFRENDA DE LA MEMORIA

Cuando el performance se acerca a su final, casi todas las espectadoras han partido. Las niñas del segundo piso no. Siguen resguardadas por el bulldog.

“¡Justicia!”, se oye desde abajo y las niñas se muerden las uñas, los dedos. No han dejado de observar con atención y ahora ven cómo las mujeres comienzan a quitarse las máscaras y tras ellas, aparecen los rostros de Sarahí, Esmeralda, Marlene, Dulce, Beatriz, las mujeres valientes que han transformado por unos instantes un sitio de asesinato e infamia en un altar y una ofrenda a la memoria y la dignidad. Toman las máscaras, los rostros de las muertas del Estado de México, y las sostienen junto a sus caras, una a una, denunciando por última vez para luego dejarlas como un último recuerdo, una última ofrenda, repartidas por todo el sitio del crimen.

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GANAR LA CALLE

Un perifonero vocea el nombre de un candidato a la gubernatura. La marcha se empieza a imponer desde la esquina apurando el fin del performance. Parece tragarse casi todo, pero las muchachas del segundo piso siguen atentas y concentradas. Con gesticulaciones, Amador nos dice que debemos dejar la calle rápido y volver, pues el asunto se pone tenso y nadie puede ganar la calle para siempre. Esto no corre solo para las mujeres que han hecho este performance, sino también para el futuro gobernador, para los polis y el narcoestado

El lugar más bravo, sin embargo, no parece ser la colonia Las Águilas, sino el sitio de estas mujeres que se dedican a ganar la calle y recuperar la dignidad, la memoria de tantas otras mujeres asesinadas.

Fotos: Natalia Martínez

*Publicado por sinembargo.mx [junio 25, 2017]

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