“La igualdad de la mujer en el trabajo puede generar 8 billones de beneficio”*

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Monique Morrow, una de las voces femeninas más relevantes en tecnología, cree que las compañías deben asumir un cambio radical de filosofía y apostar por el humanismo

Monique Morrow habla en susurros. El lugar, una sala multicultural del Arctic 15—evento dedicado a los emprendedores tecnológicos del norte de Europa que se celebra en Helsinki— donde se escucha una babel de lenguas unidas por los unos y ceros de la programación. Es este lugar el que elige la CTO (directora de tecnología) de New Frontiers, el área de desarrollo e ingeniería del gigante tecnológico Cisco, para realizar la entrevista con Talento Digital. El ojo de la grabadora está encendido, y preguntas y respuestas sobre el papel de la mujer en lo tecnológico, la globalización, los equipos multidisciplinares, el poder del big data o el estrés laboral, vuelan en voz baja. La directiva abandona la compañia el próximo mes de febrero después de 12 años. Es una de las voces femeninas más relevantes en el mundo tecnológico y editora del libro The Internet of Women, que ilustra el cambio cultural que implica la contribución de las mujeres en la innovación.

Pregunta. Usted no habla de paridad entre el hombre y la mujer. Habla de neutralidad. ¿Por qué?

Respuesta. Hay un lado femenino en ti. Igual que hay un lado masculino en mí. Lo que yo pido es la neutralidad. Tenemos, en realidad, todos los rasgos de carácter dentro de cada ser humano en proporciones distintas. El desafío que hay que afrontar es percatarse de que, en último término, lo único que importa es la inclusión. Seas un hombre, una mujer, una persona de color, manifiestes una orientación sexual minoritaria o padezcas de asperger. Se debe contar contigo. Creo que nos quedan un par de generaciones para superar este problema. Pero, por otro lado, me pregunto: “Estamos en el siglo XXI. ¿Cómo puede ser que al pensar en esto calculemos que aún hay que esperar un par de generaciones?”. Todos los estudios señalan que la inclusión genera beneficios empresariales. Se calcula que la igualdad de la mujer en el mercado de trabajo podría producir más de 8 billones de euros de beneficio mundial [más de cinco veces el PIB español].

P. ¿Y cómo se puede lograr revertir la tendencia?

R. Pues realmente no creo que sea una cuestión de esperar a ese par de generaciones. Hay que hacerlo un imperativo en la empresa. Los CTO nos tenemos que levantar y obligar a que se asuma la inclusión. Y esto es parte de un cambio general de filosofía que hay que ejecutar en las empresas. De qué y qué no premiamos. Por ejemplo, hoy en día, no se premia la colaboración. La realidad es que nos recompensan por quedarnos trabajando en vela toda la noche más que por ninguna otra cosa. Por estar disponibles 24 horas para las emergencias, que se vuelven más y más comunes.

Por eso creo que debemos premiar otro tipo de comportamientos en los empleados. Crear una especie de divisa social. Se puede discutir la naturaleza de ese premio, si debe ser un plus económico u otro tipo de ventaja. Pero la clave es premiar el comportamiento que deseamos implantar en un negocio. Por ejemplo, alguien se coge sus vacaciones. Lo recompensas. Si no contesta mails en el fin de semana, lo recompensas. En Silicon Valley la situación es terrible. A veces intentan hacer esfuerzos inútiles de declarar “El día de no leer mails”, pero de poco sirven.

P. Esto es hablar de eliminar el crunch [palabra del argot tecnológico para denominar los periodos de tiempo en los que los empleados de una empresa asumen una enorme cantidad de horas extra].

R. El crunch no nos gusta ni a los hombres ni a las mujeres. Todos estamos cansados. Esto pasa por la cultura competitiva. Pero se puede ser competitivo y preocuparte por el ser humano que tienes enfrente. Porque a veces nos olvidamos de que la gente que trabaja con nosotros son seres humanos. Al poner a la gente a hacer crunch, y obligarles a asumir un sinfín de tareas que parcelan a qué deben dedicar sus horas, minutos, segundos, los quemas. Los quemas muy rápido. Y esto pasa, y aquí habla mi lado filosófico, porque la tecnología tiene dos caras. Por un lado habilita nuevas capacidades, pero por el otro nos las quita.

Volviendo a la mujer, hablamos del 51% por ciento del planeta. Y nos encontramos con mujeres que son perseguidas, como ocurre en Nigeria, si intentan acceder a la educación. En septiembre de 2015, las Naciones Unidas aprobaron 17 metas para el desarrollo sostenible del mundo. La primera es acabar con la pobreza. La quinta, acabar con la desigualdad de género. ¡Hay una gran correlación entre las dos! Por ejemplo, cuando montamos iniciativas para promover que las mujeres estudien tecnología o ciencia, te das cuenta de que llegas tarde. De que los problemas empiezan mucho antes.

P. ¿En qué sentido?

R. En el sentido que, desde niños, se establecen las diferencias. Si uno tiene un hijo, varón, debería de educársele desde un principio en que todas las tareas se comparten. Alguien me dijo una vez: “La paternidad no es el trabajo de la madre”. Y eso va también a cualquier tarea doméstica, desde limpiar la casa a sacar la basura. También con los juguetes, qué más dará que un chico juegue con muñecas si eso es lo que quiere. Si tú le das a tus hijos, independientemente del género, un trato neutral, igualitario, reproducen esa forma de ser tratados fuera de casa. Los roles de género se interiorizan tan pronto como a los cinco años. Recuerdo la anécdota de unos amigos, un matrimonio de científicos, que lo explica bien. Su hija de seis años, volviendo del colegio, y diciéndoles: “Papá, mamá, no puedo estudiar matemáticas porque no soy un chico”. Pasa así de pronto. Ahora esa niña es una astrofísica. Pero lo es porque sus padres se sentaron con ella y le explicaron por qué podía ser lo que se propusiera.

P. Recientemente, una investigación ha demostrado, analizando el código en el repositorio de Github, que las mujeres son mejores programadoras que los hombres. Pero solo si ocultaban su identidad y si el examinador no sabía que eran mujeres. Sabiéndolo, las notas bajaban.

R. Recuerdo ese estudio. Fue en febrero [de 2016]. Recuerdo que pensé, al leerlo: “Ahí lo tienes”. Hay mujeres con una predisposición a programar excelente. Igual que las hay a jugar a videojuegos. El problema es que se las obliga a ser persistentes por la presión cultural que se va ejerciendo paulatinamente. En el instituto, ya quedan pocas que quieran ser científicas o programadoras. En la universidad, aún menos. Solo las más persistentes llegan hasta el final. No hablamos de un techo de cristal. Hablamos de un abismo de cristal. Y tanto los hombres como las mujeres, más las mujeres, es cierto, caen por ese abismo. Por ejemplo, con la edad. El mundo, y en el tecnológico pasa especialmente, te convence de que si estás por encima de una edad ya no puedes innovar o aprender cosas nuevas. Si eres madre, por ejemplo, se pone en peligro tu carrera laboral. Esto, en último término, causa que personas valiosas abandonen su carrera para siempre.

P. Expandiendo el foco. ¿Cómo puede ayudar la tecnología a los países en vías de desarrollo?

R. Creo que hay mucho que aprender de todos los países del mundo y tomar ejemplos concretos para una categoría a la que le llamaría de innovación revertida. Como tecnólogos, necesitamos tener precaución con el tecnocolonialismo y entender las oportunidades y soluciones que se dan localmente y cómo estas innovaciones pueden luego trasladarse al resto del mundo.

P. ¿Y qué tecnologías en concreto ve como ganadoras para esa globalización cuidadosa con lo local?

R. Tal vez esté contaminada, pero creo que la realidad aumentada/ virtual (AR/VR), videojuegos, diseño y blockchain [un método concebido para dar seguridad a las transacciones realizadas con criptomonedas como el archiconocido bitcoin] tienen el potencial para disparar el potencial de las economías. Podemos imaginar cómo aplicar de múltiples maneras estas tecnologías a la educación, sanidad, ciudades inteligentes. Un ejemplo, el proyecto Utopia, que reimagina de manera smart los suburbios urbanos. También tendremos que pensar en cómo introducir la ética en sistemas automatizados informáticamente.

P. En resumen, debe de lograrse que la tecnología nos ayude a ser más humanos.

R. Exactamente. Y que el mundo tecnológico se nutra de otras perspectivas que las clásicas. Artistas, gentes de otras razas y culturas, mayores… Nuevas perspectivas que ayuden a ver las cosas con una mirada fresca. Hay que apostar por equipos multidisciplinares que incluyan antropólogos, historiadores, psicólogos y filósofos junto con programadores e ingenieros. Debemos empujar a que las compañías asuman este enfoque empático. Si no lo hacen, estoy segura de que no sobrevivirán al siglo XXI.

P. ¿Y cómo pueden ayudar los nuevos paradigmas tecnológicos a conseguirlo?

R. De muchas maneras. Por ejemplo, en Stanford están estudiando lo que le llaman dark data [datos oscuros]. Son un tipo de datos no estructurados que Stanford está estructurando a partir de su sistema Deep Dive. Imagínate que publicáis una fotografía en EL PAÍS y una máquina empieza a cuestionar cosas como el grupo demográfico al que va dirigida preferentemente esa imagen o los motivos editoriales para publicarla en tal posición de la portada. O aplicado a cualquier ciudadano, puede hacer inferencias sobre tu grupo social a partir de tus redes sociales, sobre el tipo de gente con el que te mueves, las opiniones que tenéis, etcétera.

A este poder de la tecnología no hay que enfrentarse temiendo el gran hermano. Hay que usarlo para entendernos mejor y poder hacer deducciones que nos ayuden a mejorar. Pongo un ejemplo muy claro. Si estás en una posición de poder, tiendes a escoger a personas que se parezcan a ti, que coincidan con tus preferencias. No es algo que hagas ni siquiera premeditadamente. Lo haces inconscientemente. Ahí es donde necesitas la inteligencia artificial para hacer esa inferencia por ti y hacerte reflexionar sobre los motivos ocultos de las decisiones que tomas.

Foto: elpais.com

*Publicado en elpais.com [enero 31, 2017]

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