Las princesas no pueden ser furiosas*

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Nunca ha sido sencillo para la sociedad comprender a la mujer que no calza en esa percepción dócil, más relacionada con un estereotipo que con otra cosa.

Aglaia Berlutti

Hace unos días leí un artículo que, entre líneas, criticaba a Angela Merkel por su “mal carácter”. El texto en cuestión ignoraba sus capacidades para gobernar o su habilidad para analizar la arena política y se concentraba en señalar el “temperamento poco dócil” de la canciller, como si se tratara de algo inaceptable. Además, el autor insistía una y otra vez en que la líder alemana debería “suavizar sus modales” y recordar que “una mujer amable siempre será mucho más agradable”.

El argumento describe un prejuicio sobre lo femenino al que me enfrento a diario. Como Merkel, también tengo un “temperamento poco dócil”. Me disgusto, tengo arrebatos de ira, momentos de egoísmo puro y duro. Soy moral y emocionalmente independiente. Y eso no parece ser muy bien visto. De hecho, unos días atrás, alguien que conozco me insistió que soy “todo lo contrario a lo que una mujer debería ser”. Lo hizo casi con amabilidad, como si creyera que “mi mal carácter” es en realidad un problema al que debo prestar atención. Le aclaré que no veo nada de malo en cómo me comporto.

— Una mujer como tú siempre tiene problemas  — dijo —  mejor evítalos siendo más femenina.

¿Qué tiene que ver lo femenino con mi carácter?

Mi amigo pareció incómodo de pronto, se encogió de hombros. Y supe qué me respondería incluso antes que lo hiciera, lo que me diría como resumen a ese extraño diálogo que refleja la opinión de la cultura latinoamericana sobre la mujer con bastante precisión.

— Porque las mujeres no son así.

No es la primera vez que alguien me dice algo semejante, claro. Aprendí desde muy niña, que la mayoría de la gente piensa que hay reglas muy claras sobre cómo debe comportarse una mujer. Tengo una imagen muy clara de la directora del colegio donde estudié la primera enseñanza, explicando con escasa paciencia el motivo por el que una mujer no debía discutir constantemente ni tampoco, asumir posiciones críticas.

— Una mujer es paciente  — me explicó —  es amable y dulce. La mujer debe ser refinada y aprender que con la delicadeza, todo se puede.

Me pregunté si ella misma se creía esas palabras. Sabía que disfrutaba los deportes, era aficionada a la lectura y que tenía opiniones muy inteligentes. ¿Por qué lo ocultaba?

—¿Y si no quiero?  — dije por último —  ¿Si no deseo ser delicada y amable? ¿Si deseo ser gritona? ¿Eso está mal?

—La tendrás difícil entonces —me respondió con una inesperada franqueza.

Como Merkel, también tengo un "temperamento poco dócil". Me disgusto, tengo arrebatos de ira, momentos de egoísmo puro y duro.

Como Merkel, también tengo un “temperamento poco dócil”. Me disgusto, tengo arrebatos de ira, momentos de egoísmo puro y duro.

Con el correr del tiempo, descubrí que la opinión de la directora estaba en todas partes. La sociedad tiene una idea precisa sobre lo que la mujer debe  —o no —  hacer. Probablemente se deba a que durante muchos siglos la cosa era simple: lo femenino era solo un contrapeso de lo masculino. Nunca ha sido sencillo para la sociedad comprender a la mujer que no calza en esa percepción dócil, más relacionada con un estereotipo que con otra cosa. A la mujer que se enfurece, que contradice, que se libera de la presión histórica de la amabilidad y la bondad. Una mujer cuyo comportamiento poco o nada tiene que ver con lo que la cultura donde nació espera sobre ella.

El libro Por su propio bien, de Ehrenreich y English, describe con detalle el tratamiento de un psiquiatra recomendó a la angustiada escritora Charlotte Perkins luego que esta le confesara que “tenía muy mal carácter” y que eso le traía constantes problemas en la vida doméstica. “Lleve una vida lo más hogareña posible, tenga a su hija con usted todo el tiempo, no preste atención a la ira. Cuando la sienta, trabaje. Cuando se disguste sonríe. Disimule la furia. No tenga más de dos horas de vida intelectual al día”.

Durante meses Perkins intentó seguir el tratamiento y casi enloqueció. Finalmente, la paciente estalló: en una tranquila comida familiar, arrojó la cena al suelo, se permitió disgustarse, gritar hasta quedarse sin aliento. Meses después, divorciada y en plena recuperación mental, Perkins se mudó al otro lado del país con su hija, se hizo escritora, pionera del activismo feminista, publicó un libro contando su historia y se describió a sí misma como “libre”. Más adelante, admitiría que ser capaz de enfurecerse fue el primer paso para lograr un tipo de libertad que siempre había deseado y que jamás había logrado alcanzar.

La anécdota literaria me hace reír. Pienso en Merkel, con su gesto serio y decidido. En todas las mujeres en la actualidad que se resisten a ser etiquetada por el estereotipo o esa percepción irreal de lo femenino que aún persiste en nuestra sociedad. Y celebro por ellas y por mí. Por esa nueva independencia que alcanzamos con esfuerzo. Por esa nueva manera de comprender lo femenino que simbolizamos, quizás sin querer. Un pequeño triunfo cultural de enorme valor personal.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

Foto: telemundo.com

*Publicado en huffingtonpost.com.mx [febrero 15, 2017]

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