Transfeminicidios: una violencia estructural*

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A nuestras hermanas en las calles, cuya lucha ilumina el camino hacia el mañana

Fabrizzio Guerrero Mc Manus y Leah Muñoz Contreras

En las últimas semanas el fenómeno del transfeminicidio ha alcanzado mayor visibilidad en México, pero esta visibilidad viene de la mano de un aumento en crímenes de odio hacía mujeres trans. En tan solo 49 días, 11 mujeres trans han sido agredidas, 10 de ellas muertas.

La impunidad sigue siendo el sello de gracia de las agresiones a cada una de estas mujeres. El llanto y la rabia nos inundan a familiares y amigxs de cada una de ellas, a la comunidad trans y LGBTI+, y a cada persona que ve en la lucha de las personas trans una esperanza por cambiar aquellas violencias machistas que nos oprimen y lastiman. Que su muerte no borre lo que fueron, pero tampoco borremos sus muertes y las situaciones que las llevaron a no estar más con nosotrxs.

Empecemos pues con un ejercicio de memoria:

6 de septiembre, Veracruz. Sin identificar aún. Una joven de 25 años fue torturada y después asfixiada.

13 de septiembre, Xicotepec, Puebla. Sin identificar aún. Mujer asesinada con arma de fuego.

29 de septiembre, Tijuana. Sin identificar aún. Mujer de aproximadamente 35 años fue torturada, amarrada de manos y pies, y después asesinada.

30 de septiembre, Ciudad de México. Paola Ledezma. Era una joven de 22 años originaria de Campeche que vivía en la Ciudad de México en donde ejercía el trabajo sexual en Puente de Alvarado, además de dar shows performance. La apodaban de cariño Totis. La madrugada del 30 de septiembre en su hora de trabajo Paola subió al auto donde su vida terminaría a causa de dos balas que un ex militar dispararía contra ella. Su agresor fue puesto en libertad.

1 de octubre, Cancún. B., una chica de 28 años de edad que se dedica al trabajo sexual, fue baleada en un camino de terracería. Actualmente se encuentra en recuperación.

8 de octubre, Comitán, Chiapas. Itzel Durán era una chica de 19 años, estudiante del Instituto Tecnológico de Comitán. Le gustaba participar en certámenes de belleza, recientemente se coronaría con el título Nuestra Belleza Gay 2015-2016 en Comitán. La madrugada del 8 de octubre Itzel perdió la vida a mano de dos hombres que entraron a su domicilio para apuñalarla. Los agresores continúan libres.

10 de octubre, Pénjamo, Guanajuato. Ariel Armas Carvajal era una mujer de 35 años, originaria de Michoacán. Cuatro tiros acabaron con su vida.

11 de octubre, Chihuahua. Cheva Guerrero era una mujer de 55 años, muy popular en la colonia centro de Chihuahua. La tarde del 11 de octubre, a las afueras de la casa de Cheva, un hombre arribó en auto para dispararle y terminar con su vida.

13 de octubre, Ciudad de México. Alessa Méndez Flores. Era una joven de 28 años, originaria de Tabasco. Vivía en la Ciudad de México y se dedicaba al trabajo sexual; trabajaba en una radio y era activista por los derechos de las personas trans. Asimismo, tenía un canal en Youtube: “Memorias de una Puta”, en el cual, por medio de varios vídeos, concientizaba sobre las vidas trans al narrar sus experiencias como trabajadora sexual y contar sus aspiraciones y ánimos por cambiar la situación de las personas trans en el país. Formaba parte de la Red de Juventudes Trans. La madrugada del 13 de octubre uno de sus clientes la estrangularía en el hotel Caleta en la Colonia Obrera.

14 de octubre, Valle de Chalco, Estado de México. Sin identificar aún. Una mujer fue asesinada con una piedra.

16 de octubre, Acapulco, Guerrero. En plena luz del día, seis balas acabaron con la vida de una mujer en un tianguis de Acapulco.

Esos son pues algunos de los nombres de mujeres muertas, los nombres elegidos, los que no se entrecomillan, lo que se recuerdan y los que nos duelen. Esos son, en algunos casos, los fragmentos de biografías que nos alcanzan. Fragmentos que no dejaremos que colapsen en el puro dolor, que trataremos de hacer acompañar de todo eso que es una vida humana y en que seguramente hubieron sonrisas y alegrías. No dejaremos que sus nombres se asocien solo con la tragedia: ellas fueron también heroínas de sus propias vidas y eso no debemos olvidarlo.

Pero ¿qué hacemos nosotrxs con nuestra furia, con nuestra consternación, con nuestro dolor? ¿Qué hacemos también con el miedo que nos alcanza? Hagamos de ello una fuerza de lucha que nos permita recobrarnos de la tristeza y que nos saque a las calles a exigir. Salgamos a señalar y denunciar a los culpables. Y, mientras marchemos, atendamos a las causas que hacen vulnerable a todo el sector de las mujeres trans sin por ello perder de vista a los autores materiales concretos; ambos aspectos merecen nuestra atención.

Tengamos en cuenta, por ende, que en estos crímenes, en estos transfeminicidos, hay factores estructurantes que tienen que ver con este patrón de violencia, factores que van más allá de cada caso concreto. Nos referimos aquí a esta triple intersección de violencias. Esa violencia misógina, feminicida, que se ha hecho presente en Argentina, en Brasil, en México y en toda Nuestra América. #NiUnaMenos, decimos. Y lo decimos por Micaela, por Melina, por Daiana, por Rosa, por María José y Marina, por Mailén, por Cintinia, por Macarena y por todas las mujeres cuyos nombres ignoramos. Esta violencia se practica en la casa, se valida en el colegio y se ejerce en la calle.

Nos referimos también a esa violencia que vigila y hace cumplir normas y que vulnera y disciplina a los cuerpos y cuerpas que osan transgredirlas. A esa violencia contra el niño femenino, contra la adolescente masculina, contra el chico gay, la mujer lesbiana, lxs bisexuales, lxs intersex y, desde luego, las propias personas trans.

Esta violencia y la anterior se conjuntan en una violencia que no es solo transófoba, que no es sólo misógina, sino que es transmisógina; una violencia que no sólo se ejerce desde un cis-hetero-patriarcado que posiciona a las mujeres en una subalternidad estructural sino que, además, no admite que los roles, expresiones e identidades de género se distancien de la norma asignada al nacer, de la expectativa impuesta. Allí donde está el ojo vigilante del cis-hetero-patriarcado, un ojo que son muchos ojos en muchas cotidianidades, hay también un ojo disciplinario, una voz acusadora y, muchas veces, un puño dispuesto a hacer valer la norma.

Y estas dos violencias gestan marginalidades y exclusiones que orillan a muchas mujeres trans a dejar de lado a sus familias, a dejar de lado a unas redes de amigxs cuya amistad no ha valido de mucho, a dejar de lado los vínculos sociales que se han vuelto un lastre que juzga. Y en esa marginalidad se han visto presa de una explotación laboral que las orilla en muchos casos a un trabajo sexual que es altamente riesgoso. Aquí opera un capitalismo sexual que consume cuerpas en un doble sentido: que fetichiza las cuerpas de las mujeres trans como una suerte de objeto sexual exótico que se compra, que se vende, que es una mercancía que se consume, al mismo tiempo que las devora, las fagocita, las machaca brutalmente.

No buscamos aquí gestar un pánico moral. No buscamos señalar al trabajo sexual como intrínsecamente negativo, indigno o cosificante. La discusión está abierta en feminismo y nuestra posición es que habría que dignificar al trabajo sexual, habría que sacarlo de esas tinieblas que hacen posible esa marginalidad en la cual se trabaja pero no se tienen derechos ni seguridades, habría que generar un marco de derechos que sí valgan y no sean solo palabras huecas. Éste es un trabajo que, al no reconocerse como tal, vulnera a aquellxs que lo practican. El trabajo sexual finalmente no es trata, la segunda es inaceptable, el primero merece un pensamiento mucho más complejo.

Lo que sí resulta inadmisible es esa solución liberal que solo atiende a si hubo o no coerción, a si hubo o no una decisión autónoma por prestar dichos servicios, y no a las condiciones materiales y a la pauperización de las poblaciones trans. Lo que queremos señalar es que la marginación, la vulneración, de esas primeras dos violencias hace de estas cuerpas el blanco perfecto de una tercera violencia que viene de la mano de esta explotación que, en este vacío de derechos, consume a estas cuerpas hasta matarlas. Una esperanza de vida de 35 años resulta de esta dinámica de violencias coludidas.

No ocultamos aquí nuestras militancias. Nuestra militancia transfeminista, queer, marxista, nuestra voz en este nuevo marxismo queer que quiere volver a señalar cómo la abyección que ocupan diversas cuerpas tiene correlatos materiales. Cómo la abyección simbólica, la transgresión de la norma, se combina con la materialidad de esas cuerpas que mueren, que se duelen, que se ven explotadas y convertidas en fetiche porque, paradójicamente, esa mirada que las juzga, también las consume, también las desea, aunque luego niegue aquello y lo niegue incluso cercenándoles la vida.

Doble sentido aquí de esa noción de fetiche. Hacemos mención a esa experiencia de encontrar en los ojos de los otros una mirada que, a una misma vez, puede desear, sorprenderse, juzgar y asquearse o enfurecerse. Una mirada que puede encontrar con sorpresa que no todas las cuerpas satisfacen un imperativo de hacer coincidir sus identidades con los mandatos de una cultura disfrazada de biología. Una mirada que muchas veces exotiza y, en ese proceso, cosifica, reifica, objetifica y borra a la sujeta que tiene en frente; una mirada que puede estar dispuesta, a una misma vez, tanto a desear como a disciplinar invocando el asco como racionalización de un acto violento.

Aquí finalmente habría que hacer mención de que existe una infrapolítica que subyace a las estructuras descritas, que debajo del cis-hetero-patriarcado y sus violencias, que debajo del capitalismo y las suyas, hay dimensiones emocionales que se han vuelto el sustrato de formas de discriminar. Formas que, por tanto, no se combaten únicamente con derechos y discursos pues éstos no logran desactivar el asco, el odio, el enojo, etc. cuando estas emociones se han vuelto emociones políticas.

Sabemos todxs que, después de todo, la discriminación y el desprecio al otro o la otra no son solamente fenómenos discursivos. Involucran reacciones de cuerpos educados en el desprecio, de cuerpos que introyectaron ese desprecio, cuerpos que lo han hecho una reacción que se ejecuta en automático. Cuerpos que, por ejemplo, leen a los indígenas como sucios y malolientes, cuerpos que leen a los homosexuales como portadores de infecciones sexuales, cuerpos que leen a otras cuerpas como sórdidas. Y esas lecturas están cargadas de un orden social que modela las formas de sentir al otro, las formas de sensibilidad ante la otra.

Estas emociones políticas fluyen en sociedad, moldeadas por las estructuradas mencionadas y, a la vez, sirviéndoles de infrapolítica. Su circulación en sociedad hace que el odio, el asco, el desprecio, fluyan por doquier engendrando estigmas. Esas emociones participan de la deshumanización de ciertos sectores de la sociedad. Deshumanizan, por ejemplo, al asociar a estas cuerpas con lo sucio, lo contaminado, lo sórdido. Son parte de la maquinaria que hace que “las buenas conciencias” no puedan siquiera mirarnos.

Es por eso que al Frente Nacional por la Familia (FNF) le espanta la idea de que los libros de texto de educación del país sean colonizados por la “ideología de género” y se incluyan apartados que enseñen acerca de la homosexualidad, la transexualidad, el travestismo, etc. En pocas palabras, la diversidad sexual. Una diversidad que incluiría la posibilidad de elegir el género que queremos poseer, o el tipo de relaciones erótico-afectivas que queremos establecer con otros, la posibilidad de cuestionar la sexualidad cis-heterosexual-reproductivista como norma que rige nuestras relaciones sociales. Norma que tanto defiende el FNF y que, de triunfar, encontrará en la educación pública –que perderá entonces toda su laicidad– el medio para enseñarla.

A lo anterior cabría añadirle, desde luego, la impunidad, la corrupción, la falta de atención a los crímenes y esos silencios escandalosos de las autoridades y los diferentes partidos políticos que no son privativos de estas atrocidades. Añadir, asimismo, elementos que sí que son privativos de esto; hablamos de esos silencios de una clase política que parece no haberse enterado o no tener nada que decir ante los transfeminicidios, un silencio que constata que para la clase política el transfeminicidio es simplemente la muerte de una ciudadana que de ciudadana no tenía nada.

Y qué decir de esa prensa que extiende la violencia y la lleva más allá de la muerte y de la carne para entrecomillar los “nombres” de aquellas que son descritas como “hombres vestidos de mujer”. ¿Acaso no se da cuenta esa prensa del asesinato simbólico que comete? ¿Acaso no se percata de la forma en la cual cancela abiertamente la visión que sobre sí mismas tenías aquellas mujeres?

Nuestra indignación continúa, no podemos ocultarlo. Nos indigna que aquí no haya marchas masivas, que no haya consignas que en marejada llenen 32 capitales. Que no haya tumultos y que a la izquierda y a las buenas conciencias les parezca una vergüenza el siquiera compartir un mensaje en sus redes sociales, como si, de hacerlo, se fueran a “manchar” por haber siquiera hecho mención de esas sujetas tan estigmatizadas que casi nadie llora. Nos hiere también que la normalización de las personas LGB bajo este modelo asimilacionista las lleve a una inmovilidad política que parece poco dispuesta a luchar por las personas trans, como si esta lucha les fuera ajena; como si, ganada ya la despatologización de la homosexualidad, no quedase ya más lucha en contra del estigma.

También nos hierve la sangre porque estos son finalmente crímenes de odio. Si decimos transfeminicidio es porque queremos señalar que no es un simple homicidio sino que éste está motivado por las violencias del cis-hetero-patriarcado, por esa violencia misógina y por esa violencia específicamente dirigida ante las mujeres trans por haberse atrevido a construir sus cuerpas de acuerdo a su deseo y voluntad. Estos asesinatos matan personas concretas, sí, pero están motivados por un afán de erradicar aquello que la persona representa; por un afán de acabar con las mujeres que no cumplen la norma, por un afán de acabar con las cuerpas que transgredieron un orden de género.

El odio, como emoción política, es uno de sus motores más atroces. El odio que se dirige contra lo que una sujeta representa. Un odio, por supuesto, engendrado también por un discurso de odio, por un discurso que hoy inunda nuestras calles. Un discurso enarbolado por muchos, por ese nefasto Frente Nacional por la Familia, por esos sectores ultrareaccionarios de las iglesias católica y cristianas, por esas aparentemente innumerables derechas, por esos sectores que no alcanzan a ver en la diversidad sexual a nada más que a pervertidos, depravadas y degeneradxs.

Mención aparte merecen aquellos que sistemáticamente ignoran a la comunidad LGBTI+ incluso ante el odio y la muerte –a no ser que sean tiempos electorales–. El silencio de los partidos políticos ante las exigencias de la comunidad LGBTI+ por el cese al odio muestra que para ellos nuestras demandas solo son un botín político del cual extraer votos y para los cuales nuestras vidas no valen.

En cualquier caso, ese discurso de odio, que hoy tiene una agenda electoral a defender por el PAN y el PES, tiene sangre en sus manos. Ese discurso de odio que sueña con volver a un México sin nosotrxs, un México que jamás existió, o que sueña con devolvernos al asilo psiquiátrico, a la prisión, al hospital, a la terapia reparativa. Y, si falla, nos enviará al panteón. Esto no lo inventamos, puede leerse en el muro de Facebook de tan deshonroso frente. “¿Derechos?, ¡Lo que habría que darles es terapia!”, decía una señora, segura de su “buena conciencia”.

Miedo nos genera el siquiera pensar los favores que habrán de cobrar por los votos entregados. Habrá por supuesto que ponerles un alto. Más miedo nos genera ese Mal Radical que representan, ese Mal que, a pesar de reconocer en la alteridad de la otra a una sujeta que es, finalmente, una congénere, está, sin embargo, dispuesto a erradicar su derecho a la existencia autónoma, feliz y plena. Mirar al otro, saberlo un otro y aún así destruirlo no puede tener otro nombre más que el de Mal Radical; gracias a Martha Nussbaum por el término.

Y, sin embargo, estos factores estructurantes no eliminan las especificidades de cada crimen, de cada transfeminicidio. Si bien hay que señalar estas estructuras, no olvidemos a los autores materiales, a los autores de carne y hueso que cometieron estos actos; tampoco olvidemos a esos agentes que coadyuvaron en la impunidad. Exijamos también que, en cada caso, los culpables de carne y hueso sean castigados, exijamos Justicia y que dichos culpables sean traídos ante la Ley, ante la Justicia. Y exijamos que todo aquél que obstruya la investigación, que la minimice, enfrente también un proceso correspondiente.

Por largo tiempo han dicho que las muertes de las personas LGBT+ son crímenes pasionales. Esta descripción, de nuevo, nos deshumaniza. Como si entre nosotrxs todo fuera un mar de instintos y una ausencia de racionalidades, como si nosotrxs no tuviéramos capacidad de raciocinio, como si fuéramos bestias o algo mucho peor que bestias porque, después de todo, nosotrxs somos “anti-natura”. Ese discurso no solo exculpa a los victimarios sino que culpabiliza a las víctimas. “Murió por putx”, dicen; “se lo buscó”, agregan. Culpabiliza, asimismo, a todo el colectivo LGBT+ porque solo alguien de “esa calaña” podría haberlo hecho. Clausura de principio toda investigación y racionaliza toda la violencia, invisibilizando así también la violencia que nos arroja a lo abyecto.

Y aquí, de nuevo, reafirmamos que este movimiento es inaceptable porque no solo está basado en prejuicios y estereotipos sino que pierde de vista cómo se fetichiza y consume al cuerpo de las mujeres trans, cómo esas miradas se atreven a hacer de esas cuerpas objetos de deseo que son, sin embargo, desechables. Esconde, de este modo, cómo detrás de esta mirada hay una cosmovisión cis-hetero-patriarcal que estructura la violencia. Y ante eso decimos: ¡Ni una menos! ¡No más transfeminicidios!

*Publicado en horizontal.mx [octubre 21, 2016]

Foto: lacapitalmx.com

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